Risk

Persiguiendo al hombre araña

Por Fernando Menéndez García

En una de estas conversaciones absurdas que surgen a veces, un amigo me preguntaba el otro día si en el caso de tener un hijo, Spiderman podría transmitir sus superpoderes.

En realidad es el tipo de pregunta que me encanta. Quizá el lector, al ver esto, piense simplemente “la pregunta no tiene sentido, porque es imposible que exista un hombre araña”. Pero, como dice Stephen Hawking, un científico nunca debería decir que algo es imposible a priori, sino analizarlo y dar con las razones de por qué lo es.

Empecemos con algo que parece de Perogrullo: una araña radiactiva transmite radiactividad. Radiactividad, no ADN. Y la radiactividad puede causar mutaciones en el genoma, es indiscutible; pero no convertirlo en algo totalmente distinto, como serían los genes de la araña.

Y la naturaleza inventó la biotecnología

Supongamos que la araña es capaz de inyectar ADN. Hay precedentes naturales: las bacterias del género Aggrobacterium son capaces de insertar sus genes en plantas para obligarlas a producir aminoácidos para ellas. Pero mientras que las bacterias tienen una especie de jeringuilla con la que infectar directamente células vegetales que tengan la pared dañada, la picadura de una araña no es tan precisa. Intentar atravesar células con los colmillos sería como intentar enhebrar un destornillador en una aguja. Lo más probable es el que ADN acabase disperso entre las células del tejido (lo que llamamos la matriz extracelular), o en el torrente sanguíneo en el mejor de los casos. Pero aún tendría que dar con una forma de penetrar en las células. Y eso no es naaada fácil. La célula tiene una membrana que controla como Cancerbero todo lo que entra y sale.

A la conquista del cuerpo humano

Imagina que quieres conquistar el mundo (sí, a los científicos nos encanta soñar con estas cosas), pero solo dispones de un pequeño ejército suficiente para conquistar un país. Llegas, conquistas, tomas una cervecita para celebrarlo (posterior siesta si estás en España), y te planteas pasar al siguiente país. Pero, ¡problemas! Si recordáis el Risk, sabréis que el riesgo de llevar vuestras tropas a otro sitio es perder el control del primero. ¿Qué hacer entonces? Exactamente: la única opción es aumentar el ejército.

Con las infecciones pasa lo mismo. Supongamos que el ADN de la arañita consigue entrar en una célula.

Olé tus nucleótidos, chaval, lo has conseguido. ¿Y ahora qué?

Porque si recordamos a Spiderman, no tiene pinta de que haya cambiado el genoma de una de sus células, no. Visión mejorada (células retinianas); Músculos potenciados (miocitos); Sistemas sensoriales aumentados (sentido arácnido, propiocepción, oído…); Aparición de nuevos órganos (glándulas de seda). En definitiva, los cambios son globales. Lo cual indica que todas las células del cuerpo han cambiado.

¿Cómo ha podido el ADN multiplicarse y pasar a otras células?

Para poderse extenderse de esa forma hace falta un vector de transmisión intercelular. Casi la única forma conocida en la que esto ocurre en la naturaleza son los virus, capaces de atacar una célula, inyectar su genoma, multiplicarlo en su interior, formar nuevos virus y pasar a atacar células vecinas.

Supongamos entonces que la araña tenía un virus, que por algún error de empaquetamiento se llevó ADN de la araña en vez de suyo propio (errare viral est). Bueno, pues incluso en este caso, los virus tienen bastante especificidad de especie y de tejido. Es decir, un mismo virus no suele afectar a distintas especies, ni a distintas partes del cuerpo.

Hay excepciones, claro. De hecho, son la pesadilla de cualquier microbiólogo: virus con alta letalidad y gran capacidad de extenderse. Recordaréis la gripe aviar, un virus que comenzó en aves y fue capaz de extenderse a mamíferos. Del mismo modo, hay virus que solo afectan a una parte del cuerpo (como el virus del papiloma, que infecta piel y mucosas) y otros que causan infección generalizada, como la rabia o el sarampión. Pero incluso dentro de los virus de infección generalizada, estaríamos hablando de un supervirus capaz de llegar a todas y cada una de las células del cuerpo antes de ser exterminado por el sistema inmune. Casi nada la hazaña.

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Pero la pregunta era, ¿podría transmitir la mutación a sus hijos?

Para eso no bastaría que llegase a cualquier célula, sino a unas muy especiales: las células sexuales o de la línea germinal. Estas células, que en el caso de los hombres se encuentran en los testículos, se llaman espermatogonias, y son las encargadas de formar espermatozoides. En otras palabras, de permitir que la especie se perpetúe. Tan importantes son que, a lo largo de la evolución, se han protegido con una defensa prácticamente infranqueable: la barrera hematotesticular, compuesta por las células de Sertoli. Esta barrera es tan eficaz que ni el propio sistema inmune penetra en ella. Si lo hiciese, atacaría a los espermatozoides al reconocerlos como extraños (por ser células haploides), y de hecho es por esto que los casos de ruptura de esta barrera se relacionan con esterilidad. El que un virus la atraviese es casi imposible…

Bien, que empiece la pesadilla: tenemos un virus capaz de pasar de una especie a otra y de propagarse por todo el cuerpo, testículos incluidos. El ADN de la araña se ha pegado un viaje que ni Willy Fogg, y nuestro Spiderman ya lo tiene desde los ojos hasta el culo (¿qué exquisitos nos estamos volviendo, no?). Ha conseguido sus poderes.

Porque los ha conseguido. ¿Verdad?

[Respuesta en la próxima entrada]

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