La biotecnología tiene el potencial de crear superhombres

¿Es ético modificar nuestro propio ADN?

Imagine que vive usted en un mundo futurista, donde la ciencia ha creado una estirpe de superhombres libres de enfermedades genéticas. Y sí, también un mundo en el que la existencia de esta tecnología amenace con ir un paso más allá y dar paso a la posthumanidad, mejorando nuestras capacidades de todo tipo.

Bueno, no imagine más. Ésta es la puerta que ha abierto un grupo de científicos chinos liderados por Junjiu Huang,  investigador del funcionamiento de los genes de la Universidad Sun Yat-sen.

Porque, ¿de verdad ha abierto esa puerta? Lo cierto es que el experimento en sí ha sido un fracaso, y lo más llamativo no es tanto el mérito científico, como el ser los primeros en derribar el tabú de la manipulación genética en la estirpe humana.

Vayamos por partes. La noticia que ha abierto un debate mundial sobre las implicaciones éticas de esta práctica es el artículo de Huang publicado en la revista Protein & Cell, en el que su equipo intentó reparar el gen responsable de la talasemia, una enfermedad genética letal que afecta a la sangre. La gran diferencia con lo hecho hasta ahora es que realizaron el experimento sobre embriones humanos, lo que motivó que la investigación fuese rechazada por Nature y Science debido a los problemas éticos.

Hay que decir que el grupo de Huang trató de cubrirse las espaldas: los embriones utilizados, sobrantes de técnicas de reproducción, no eran viables. Pero aun así, de los 84 embriones la modificación genética solo funcionó en 28, y además generando muchas mutaciones “fuera de objetivo”.

La manipulación genética en personas no es algo nuevo. Los primeros ensayos de terapia génica en seres humanos se iniciaron en 1990 en pacientes con Inmunodeficiencia Combinada Severa. La diferencia es que esta ingeniería se realiza en células somáticas, es decir, células que no forman parte de la línea germinal, y que por tanto no transmitirán los genes modificados  a la descendencia del beneficiado.

Hace poco se fue un paso más allá, usando la ingeniería genética para conseguir los “bebés de un padre y dos madres”, la forma coloquial de referirse a la donación de mitocondrias, las centrales energéticas de la célula. Cuando una madre tiene mitocondrias con su ADN defectuoso (y que es garantía de que sus hijos vayan a tener la misma enfermedad), se puede coger un óvulo de una donante sana con sus mitocondrias (0’2% de ADN) y sustituir su núcleo y por el la madre (con el 99’8% restante). En este caso, la modificación sería hereditaria en caso de que la reciba una mujer, porque las mitocondrias solo se transmiten por vía materna (el espermatozoide es demasiado compacto para poder cargar con ellas).

Gráfico

Los primeros ensayos de terapia génica en seres humanos se iniciaron en 1990 en pacientes con Inmunodeficiencia Combinada Severa.

El dilema en el experimento de Huang no es tanto que se modifique el ADN del núcleo celular (después de todo, la célula y la mitocondria no sobreviven la una sin la otra, por lo que todo ese ADN forma parte de lo que nos hace “humanos”), sino que por primera vez se modifica el ADN de todo el cuerpo, incluida la línea germinal.  Fue previendo esto que el Convenio de Oviedo (un documento internacional firmado por 21 países, incluida España) condicionó las intervenciones en el genoma humano a que no se modifique el genoma de la descendencia.

Como era de esperar, las opiniones sobre las implicaciones éticas no se han hecho esperar. Más que por el uso de embriones, el miedo a esta práctica surge por la puerta que se abre a los “bebés a la carta”, cuyas características pudiesen ser personalizadas. Debido a estas implicaciones éticas, las revistas Science y Nature publicaron este año sendos artículos en los que se pedía una moratoria para aplicar esta técnica en embriones humanos.

Pero no todas las voces están en contra. El transhumanismo, un movimiento cultural que se ha hecho muy conocido desde la publicación de Inferno, la sexta novela del célebre escritor Dan Brown, defiende transcender la condición humana mediante tecnología que mejore las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual. Las aplicaciones son enormes, desde la regeneración hasta la  ultrainmunidad, como explicaba Santiago Campillo hablando sobre los usos de la biotecnología.

La modificación genética de humanos es una de esas realidades que responden bien a la definición de David Bravo de ponerle puertas al campo. “Podemos debatir si está bien que este bolígrafo caiga al suelo cuando lo suelte. Pero al terminar el debate, yo soltaré el bolígrafo y seguirá cayendo”. Como explicaba en sus conferencias Luis Serrano, director del Centro de Regulación Genómica de Barcelona, montar un laboratorio de biología sintética en el garaje de tu casa es mucho más fácil de lo que parece. El crecimiento de movimientos como el biohacking, que llevan la iniciativa “hazlo tú mismo” a la biología sintética, así lo atestigua.

Porque, aunque es cierto que a la manipulación genética de humanos aún falta mucho desarrollo, los avances llegarán. “El trabajo de este grupo necesita mejorar la eficacia pero parece un problema técnico no biológico”, como afirma Ángel Raya, director del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona. Luego parece probable que, nos guste o no, pronto nos encontraremos en una sociedad donde habrá humanos mejorados genéticamente. Y no necesariamente porque queramos crear personas más fuertes o más altas (al menos, no en su origen); probablemente las primeras aplicaciones serán para erradicar enfermedades genéticas, como predisposiciones al cáncer, a enfermedades del corazón, o inmunidad al VIH, que podría ser tan simple como eliminar el receptor CCR5 de membrana. Incluso suponiendo que pudiese evitarse que cualquiera modifique su ADN en su propia casa, ¿sería ético exigir que una persona tuviese que medicarse toda la vida, y probablemente sus hijos, en vez de corregir directamente el error?

Pero más allá de las enfermedades, las posibles modificaciones que se abren son innumerables. George Church, pionero en biología sintética de Harvard, explicaba en el IV Congreso de Mentes Brillantes la posibilidad de crear superhumanos copiando la genética de personas que ya han nacido con cualidades extraordinarias (huesos tan duros que no pueden ser cortados por material médico, o el caso de Richard Sandrak, un niño al que la ausencia del gen de la miostatina causaba hipermusculación sin hacer ejercicio). En el mismo congreso el profesor Andy Miah explicaba que el dopaje genético será real e indetectable, tal y como se demostró con PEPCK-Cmus, un ratón genéticamente modificado que aumentaba enormemente su resistencia durante el ejercicio. ¿Qué haremos entonces en las competiciones deportivas? Al igual que en la película GATTACA, habrá personas que se opongan a ello y se encuentren en evidente inferioridad frente a estos superhumanos mejorados.  O compañías de seguros que pedirán conocer nuestro genoma para hacer las pólizas “a medida”, y que requerirá de una decidida legislación para evitarlo.

Un problema adicional sería, ¿qué consideramos enfermedad? ¿La hiperactividad, la tendencia a la violencia? ¿Se llegaría a emplear la tecnología del ADN para afectar a nuestra forma de ser? ¿Podríamos, como en el Mundo Feliz de Huxley, crear un grupo de personas de carácter pacífico y altamente inteligentes para que en el futuro sean nuestros líderes? Y más aún, si pudiéramos, ¿deberíamos?

Desde el punto de vista científico, la novedad del experimento chino es escasa. Si le quitamos el dramatismo antropocéntrico que nos lleva a creernos el ombligo del universo, y pensamos en el ser humano como un animal más, los resultados no aportan nada nuevo. Como explica Lluis Montoliu, del Centro Nacional de Biotecnología, “lo que ellos han encontrado no es nada distinto de lo que hemos encontrado otros en ratones. Imaginábamos que esto iba a ocurrir”.

No cabe duda de que el experimento se hizo demasiado pronto. “Aplicar esta técnica en embriones humanos cuando todavía no está desarrollada es inadmisible”, explicaba César Nombela, miembro del Comité de Bioética de España. Entonces, ¿por qué se ha hecho? Quizá precisamente para plantear este dilema, romper el tabú, plantear un “¿y por qué no? ¿Qué tan malo puede ser la modificación genética de humanos?”.

Terapia génica empleando un adenovirus para introducir el gen

Terapia génica empleando un adenovirus para introducir el gen

Desde mi punto de vista, éste es un debate que antes o después habrá que abordar, y creo que un buen planteamiento sería comenzar marcando los límites de aplicación:

  • Por un lado, requerirá tres exigencias legales: que el tratamiento sea plenamente seguro antes de su aplicación para garantizar que no va a causar daño, conforme al principio de no maleficencia. Que sea universal, no solo para aquellos que se lo puedan permitir. Y que se garantice la privacidad de la información genética como derecho inviolable, de modo que se evite la creación de un sistema de ciudadanos “de primera y de segunda”.
  • En segundo lugar, si bien el cuerpo solo es un cuerpo, la mente (sea lo que sea eso, y aquí habría debate para rato) es otra cosa. Si aplicamos la manipulación genética, debemos estar seguros de que no afectará a los atributos de la personalidad.
  • Y, en tercer lugar, exigir que la mejora genética se aplique solo para eliminar enfermedades, y no para elegir a la carta otros atributos físicos de la descendencia. Es lo lógico, además; porque aunque habrá quien piense que con un uso libre seríamos todos iguales (“todos querrian hijos rubios, altos de ojos azules”), la naturaleza muestra que no hay un fenotipo ideal, sino cada uno se adapta mejor a un entorno. La variedad es buena. Y es por ello previsible que siguiese existiendo.

¿Cómo podríamos evitar que el biohacking vaya más allá de estos límites? Probablemente no se pueda. Podríamos, por qué no, analizar el genoma de cada nuevo niño para comprobar que sus padres no han hecho manipulación alguna. Pero y si encontrásemos que sí, ¿qué haríamos? Sabemos que nada podríamos hacer contra el niño, pues sería una persona que no ha cometido crimen alguno. Luego probablemente, sabiendo que la llegada de esta tecnología es inevitable, solo nos quede confiar en la educación y la responsabilidad colectiva para evitar que ese futuro se nos vaya se las manos. Aunque es bueno ser precavido, debemos empezar a confiar más en nuestra propia especie. Después de todo, nada impide que alguien se líe a machetazos por la calle con un cuchillo de cocina, o que fabrique sus propias armas con una impresora 3D.

Y por ahora, aquí seguimos.

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