Escherichia coli (cortesía de CDC)

Que viene el coco… ¡y es transgénico!

¡Tenle miedo; tenle mucho miedo! –le dijo el ya transformado “Brundle-mosca” a la periodista Veronica Quaife para advertirle de que meterse en un teletransportador puede ser peligroso, sobre todo, si se cuela un simple insecto como compañero de viaje-. No puedo decir que el remake de la película “La Mosca” (David Cronenberg, 1986) me gustara más que el original de 1958, pero sí que me impresionaron esas palabras de desesperación del científico Seth Brundle (Jeff Goldblum) tras comprobar que aquellos pelillos raros, duros, que le empezaban a emerger en la espalda no era otra cosa que el producto de la reorganización e integración en su genoma del de una mosca que accidentalmente se coló en su recién estrenado teletransportador.

La fusión fue un éxito y el tímido investigador inició un viaje molecular-celular más que sorprendente. Al fin y al cabo, la diferencia filogenética entre un díptero y nuestra especie es menor de lo que nos gustaría reconocer… Pero, ¿por qué les hago este spoiler gratuito sobre una película de ciencia-ficción?

El miedo a lo desconocido es tan antiguo como la propia evolución. Seguramente, más de uno –jueces entre esos “uno”- debió exclamar algo parecido a la advertencia del científico-mosca mencionado anteriormente sobre la cumbre científica organizada en 1975 por el bioquímico Paul Berg –Premio Nobel en Química cinco años más tarde-. La denominada Conferencia de Asilomar reunió a cerca de 140 profesionales –no solo científicos; también médicos o juristas- en un relajante parque estatal de California para discutir sobre la incipiente tecnología del ADN recombinante, sus aplicaciones, regulación y, sobre todo, sus potenciales peligros. Constatar el potencial que suponía transferir fragmentos de ADN de un Reino a otro –de humanos a bacterias concretamente- hizo despertar más de un temor, manifestación y, ya puestos, germinar el concepto de “Principio de Precaución”. Se establecieron las bases y guías de manipulación de los primeros organismos modificados genéticamente –OMGs o transgénicos para los amigos… y detractores-. Se propusieron barreras físicas y biológicas para evitar un posible escape no deseado de estos OMGs, la obligatoriedad de producir únicamente bacterias que no pudieran desarrollarse libremente en la naturaleza o vectores –virales o no- transmisibles solo en sus dianas específicas. Las medidas iniciales de seguridad fueron drásticas, equivalentes a los máximos niveles que todos hemos podido “degustar” con nuestra peculiar reciente crisis del Ébola –cabinas de flujo vertical o salas y pasillos con presión negativa, entre otras-. Por supuesto, se prohibió la creación y/o clonación de organismos patógenos o sus toxinas. Con el paso de los años, se ha podido demostrar que muchos de aquellos temores y medidas de seguridad fueron algo exagerados. No obstante, las primeras voces discordantes no tardaron en dejarse oír augurando, de seguir los experimentos en biotecnología del recombinante, un futuro incierto lleno de bacterias mutantes asesinas sueltas en la naturaleza. Creo recordar que más de un científico –bioquímico o ya biólogo molecular- pasó por comisaría acusado de poner en peligro la “seguridad ciudadana”.

 

Sede de la Conferencia Asilomar 1975

Sede de la Conferencia Asilomar 1975

Quiero creer –aunque, en vista del poderoso activismo antibiotecnología, creo poco- que la percepción ciudadana empezó a cambiar con la fundación de la primera compañía biotecnológica, Genentech, con el bioquímico estadounidense Herbert Boyer como uno de los fundadores, y la producción masiva de insulina humana en una bacteria que nuestro tracto digestivo conoce bien: la siempre eterna Escherichia coli. ¡¿Hay algo más aberrante!? –una amiga se me quejaba escandalizada por haber leído que, en cierta ocasión, unos científicos introdujeron un gen ¡de escorpión! en el maíz…-. Aberrante, aberrante, no sé, pero tan grandioso, como el hecho de que en la actualidad más de 300 millones de personas, diabéticos, tienen una vida prácticamente normal gracias a la insulina recombinante, lo pongo en duda…

Ahora, si me lo permiten, voy a saltar unas cuantas décadas para llegar a nuestros días y echar un vistazo alrededor en busca de signos biotecnológicos. No tengo que esforzarme mucho. Sin salir de mi casa los tengo a cientos: detergentes, ropa, dinero, medicamentos o ciertos ingredientes concretos de algunos alimentos. Y todo ello sin que se haya documentado el menor incidente que cuestione su bioseguridad –a pesar de la vigilancia feroz de determinados grupos sociales-. Más bien al contrario, puesto que bacterias recombinantes ya se pueden utilizar en biorremediación, comiendo glotonamente chapapote o, como mostraré a continuación, produciendo energía –y eso que el siguiente artículo que comentaré presenta a bombo y platillo unas “bacterias recombinantes más seguras”, como si hasta ahora no lo hubieran sido…

Según publicó recientemente la siempre trascendental Nature, desde el departamento de genética de la Escuela Médica de Harvard, en Massachusetts, EE.UU., se ha podido elaborar una cepa de E.coli (C321.DA) modificada genéticamente que es metabólicamente dependiente de ciertos aminoácidos poco comunes. Concretamente, se ha diseñado –ellos hablan de rediseño- computacionalmente enzimas esenciales en el primer organismo –la variante bacteriana mostrada anteriormente- que posee un código genético modificado para hacerle metabólicamente dependiente de aminoácidos no estándares para sobrevivir. Esta bacteria recombinante o, si lo prefieren,  OMG, resultante no podrá puentear –siempre me ha gustado más la adaptación al término anglosajón de “bypasear”- metabólicamente los mecanismos de contención biológica utilizando otros compuestos del medio ambiente siendo, prácticamente, inaccesibles hacia un posible escape evolutivo mediante mutagénesis o transferencia genética horizontal, proceso común entre bacterias. Por muchas generaciones que pasen, no se revertirá el fenotipo, es decir, no se generarán productos mutados –o contramutados- no deseados que pudieran crecer libres por esos campos… Con este trabajo, dicen los autores, se dan los fundamentos para la obtención de nuevos transgénicos más seguros capaces de funcionar en ecosistemas naturales, pero totalmente dependientes de metabolitos sintéticos, no presentes así como así. Vamos, lo que digo yo… como si hasta ahora no se observaran todas las medidas de seguridad en la elaboración de recombinantes… Pero finalicemos con otra noticia reciente con bacterias recombinantes como protagonistas –gram negativa a falta de “cocos” que diera sentido, doble, al título de este post-.

Escherichia coli (cortesía de CDC)

Escherichia coli (cortesía de CDC)

A falta de Nature, bueno es PNAS. Según publica esta revista internacional, otra bacteria modificada genéticamente de la especie Ralstonia eutropha ha resultado ser efectiva utilizando energía solar para producir la fotolisis del agua, obtener hidrógeno y, con él, favorecer la asimilación del CO2 en un alcohol combustible como el isopropanol. De este modo, para los más puristas, el beneficio es doble: al mismo tiempo que obtenemos un potencial biocombustible, estaremos retirando del medio ambiente un gas implicado en el calentamiento global y, con ello, en el cambio climático. En este sentido, Daniel Nocera, coordinador del grupo de científicos estadounidenses y considerado como una de las cien personas más influyentes del mundo por la revista Time en 2009 por sus estudios energéticos, el producto líquido energético final, isopropanol, podrá ser transportado fácilmente allí donde se necesite. Además, al utilizar cobalto como catalizador en la reacción química, mucho más abundante que el platino utilizado hasta ahora, el proceso se abaratará considerablemente haciéndolo más atractivo.

En resumen, querría terminar más que con una nota optimista –algo que no suelo serlo por definición-, sí con otra bastante ajustada a la realidad, asegurando que la tecnología del recombinante –con cocos, bacilos o gamusinos- está demostrando día a día nuevas y más interesantes opciones biotecnológicas que redundarán –abundarán- en una sociedad más avanzada. Ningún país debería quedarse –al menos por cuestiones ideológicas- fuera de esta nueva rueda que ha ayudado a transformar a nuestra especie de biológica a culturalmente evolucionada.

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