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Confesiones y lamentaciones sobre transistores y transgénicos

Lo confieso, no sé qué es un transistor… quizá lo supe alguna vez -de lo contrario difícilmente me habría licenciado en ciencias-, pero ahora solo estoy seguro de que es un dispositivo omnipresente en los aparatos electrónicos, algo que por cierto, ya sabía mucho antes de llegar a la facultad. No admitiré que soy un impostor, sacad vuestras propias conclusiones, aunque reconozco que durante dos décadas, he trabajado en investigación, en divulgación de la ciencia, en política de innovación, en consultoría tecnológica… sin haber llegado a aprender nunca -o habiendo olvidado por completo- lo que es un transistor. Me confieso crédulo e iluso: declaro una fe fervorosa en los avances tecnológicos -tal vez impropia del escéptico ateo que soy-  y me ilusiona su potencial para mejorar el mundo.  Y por si esto fuera poco,  profeso una confianza razonable en las instituciones que evalúan sus riesgos potenciales y sus efectos adversos.

Confieso además que puedo ser demagogo, por eso en ocasiones recurro a trucos fáciles cuando discuto con mis amigos sobre la percepción social de las tecnologías (y de sus riesgos y beneficios). Les  recuerdo, por ejemplo, que cada vez que usamos un coche somos cómplices impasibles de una tecnología que, según la OMS, es la primera causa de muerte entre los jóvenes a nivel mundial (me pregunto si una tecnología con ese pronóstico hubiera logrado hoy un dictamen favorable de la correspondiente agencia de evaluación de riesgos). O que, no pocos de nosotros, consumimos cigarrillos, a sabiendas de que son artefactos tecnológicos de dudosa utilidad cuyos riesgos para la salud son conocidos y no precisamente pequeños.

Evolución de teléfonos móviles Wikimedia, Max Schönherr reducida

Evolución de teléfonos móviles. Wikimedia, Max Schönherr

Me declaro también favorable a la empresa y  al sector privado salvo en situaciones flagrantes de  fallo de mercado, riesgos de exclusión, desigualdad extrema o falta de libertades. Albergo todavía, ya he dicho que soy iluso,  una razonable esperanza  en que  las estructuras políticas y administrativas lleguen algún día a ser  eficaces a la hora de  corregir estos fallos de mercado y desigualdades y creo que la tecnología  no es -en general- parte del problema, sino parte de la solución.  No escondo tampoco una debilidad – que no sabría razonar- por  las PYMEs frente a  las grandes corporaciones y proclamo  que  si  una carrera tecnológica se traba con obstáculos políticos son las primeras las que más pierden. Si una prueba de velocidad se convierte en una de resistencia, siempre sale ganando el más fuerte.

Confieso finalmente que en varias ocasiones he sido acusado de provocador al referirme al asunto  que centra esta reflexión: El eterno debate sobre los transgénicos y el fracaso sucesivo  de las diferentes estrategias  de comunicación sobre sus beneficios durante las últimas décadas.

La última vez que me pasó fue en Costa Rica, hace poco más de un año cuando, ante una audiencia heterogénea (con defensores y detractores de los OGMs)  defendí la tesis de que el mismo principio de precaución que se agita como bandera frente a los transgénicos, difícilmente habría permitido que este país desarrollara su potencial agrícola. A día de hoy, las cinco exportaciones más relevantes del campo costarricense, corresponden a otras tantas “especies invasoras” cuyos genes (no de uno en uno, sino a miles) han sido introducidos de manera artificial en sus ecosistemas: El banano, planta originaria de Indonesia, la piña que viene de El Cerrado brasileño, el café quizá nativo de las montañas etíopes, la caña de azúcar, que primero llevaron los árabes a Europa y posteriormente transportó  Cristóbal Colón hasta América- en su segundo viaje- y el Cacao, procedente de la Amazonía.

Confieso y lamento que en España (en Europa en realidad), que es donde nació- y está fracasando- la tecnología de transgénesis de plantas,  es difícil encontrar ya debates tan ricos y apasionados sobre el  tema. Lamento la creciente sensación de que nos encontramos –en Europa-  ante una batalla perdida para nuestro sector biotech y  nuestros científicos, -no para  los  consumidores, que ya dependen de transgénicos que se cultivan en el resto del mundo y dependerán cada vez más-. Confieso dudas respecto al impacto  a largo plazo que tendrá este bloqueo político sobre la agricultura europea… quizá no todo esté perdido, pero el retraso acumulado durante estos años en la normalización de esta tecnología, se estudiará como un gran error en los libros de historia, como ocurrió en la Rusia comunista de Stalin y Lisenko.

Pero sobre todo, lamento que hayamos perdido 20 años intentando explicar al gran público lo que es un transgénico cuando la mayoría de la población no conoce los fundamentos de la agricultura como cultura y como tecnología, ni  maneja unas nociones básicas sobre genética.  Y confieso que envidio el pragmatismo con el que otros sectores tecnológicos han abordado debates sobre percepción de riesgos, en los que no dejo de encontrar paralelismos con el nuestro.

Hace no mucho tiempo, el debate sobre el posible impacto negativo del  uso de móviles en la salud ocupó algunos foros y portadas. Como he declarado mi confianza en las instituciones que evalúan los riesgos, huelga decir que asumo que las evidencias disponibles no aconsejan abandonar esta tecnología, bien porque no hay tales riesgos, bien porque éstos son mínimos frente a  los beneficios conocidos. Lo asumo porque en caso contrario, si nos estuviéramos muriendo de cáncer por usar móviles, confío en que alguien lo denunciaría –las propias agencias de evaluación, científicos independientes, colectivos afectados…-  con datos contrastables y las autoridades actuarían –como mínimo obligando a los fabricantes a advertirlo, como ocurre con las cajetillas de tabaco-.

Mazorca maíz transgénico

Mazorca maíz transgénico

Confieso que  no tengo ni idea de cómo se ha gestionado este proceso, que a la vista de los resultados, ha sido un éxito de aceptación social de una nueva tecnología (también con la implícita aceptación de  sus sombras: oligopolios, adicciones,  amenazas a la privacidad y otros derechos etc..), lo que desde luego me hubiera sorprendido mucho es que toda la estrategia para facilitar este “cambio tecnológico” se basara en explicar al ciudadano lo que es un transistor o el espectro radioeléctrico, con la convicción de que, cuando lo entendiera, se disiparían sus legítimas incertidumbres… y sin embargo esto es justamente lo que hemos intentado hacer con los transgénicos durante dos décadas.

Yo sigo sin saber qué es un transistor y tengo una formación científica superior a la media. Del mismo modo, hay muchos ingenieros de telecomunicaciones que, seguramente, pasarían apuros para explicar lo que es un gen, o un transgen… y la mayoría de la población ni tiene interés ni tiempo en profundizar en ninguna de las dos cosas. Pero la mayoría de la población sabe que la comunicación a distancia es importante para su ocio, su salud,  su economía, su desarrollo humano… Lamento que no hayamos logrado lo mismo con la agricultura en Europa y confieso que no sé si estamos a tiempo de solucionarlo.

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5 thoughts on “Confesiones y lamentaciones sobre transistores y transgénicos

  1. Muy buen post. Comparto tus argumentos y añadiría que creo que el éxito que han tenido los detractores del uso de los transgénicos no sería el mismo si la sociedad hubiera interiorizado los beneficios derivados de su uso.
    Tú mismo pones ejemplos de técnicas que se han impuesto sin problemas en nuestra vida diaría, a pesar de sus inconvenientes (posibles o ciertos), pero se han impuesto porque la gente percibe que contribuyen a hacer su vida más fácil o agradable. En cambio, en el caso que nos ocupa, creo que mucha gente piensa que los transgénicos sólo son ventajosos para sus desarrolladores y para los agricultores. Yo pienso que es en este tema de la utilidad en el que hay que centrar la divulgación.

  2. Gracias por tu análisis. Comparto tu punto de vista. En mi modesta experiencia, hace ya unos cuantos años me dí cuenta de que, efectivamente, la mayor parte de las personas no conocen cómo se mejoran las plantas que nos sirven de alimento ni qué tecnologías se utilizan. Por eso, al hablar de alimentos transgénicos (tanto en conferencias públicas como en cursos académicos diversos) dedico un tiempo a explicar estos aspectos. Después, introduzco la ingeniería genética y las mejoras introducidas con ella en las plantas que comemos y con las que alimentamos a los animales que también comemos. Para entonces, la mayor parte de las personas oyentes ya han expresado su sorpresa por el debate social existente, sin terminar de entender porqué hay tanta oposición política a las plantas transgénicas, sobre todo por parte de los partidos verdes.

  3. Gracias, Jorge, por este bonito post. La verdad es que el argumento de Costa Rica no lo había considerado, y eso que estuve allí de vacaciones y, efectivamente, nos contaron que las principales exportaciones que tienen hoy en día a escala mundial proceden de, curiosamente, especies invasoras de otros países… Vamos, como los tomates, patatas o tabaco en Europa… y nadie se rasga las vestiduras por la “pérdida de biodiversidad o invasión foránea”…
    Un saludo

    • Exacto, aquí he escuchado cosas como defender el “maiz autóctono” o “tomates del país” , tb es divertido escuchar hablar de las naranjas de valencia…cuando llevan menos de tres siglos cultivándose según me confirma el prof. Daniel Ramón.

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