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Diez profesiones con futuro y diez profesiones del futuro (II)

En la primera entrega de este post compartíamos una selección de diez profesiones que son, a día de hoy, demandadas por el sector biotecnológico español. Ahora le toca el turno a la especulación: nos hemos propuesto hacer un ejercicio de “empleo-ficción” que, en base a las tendencias publicadas y a nuestros propios análisis prospectivos, se traduce en esta lista con diez profesiones “del futuro”.

Son profesiones que no encontraréis en las ofertas laborales del periódico porque todavía no existen o porque no están suficientemente definidas. En algunos casos, nos hemos atrevido a darles nombre, en otros hemos utilizado términos ya acuñados, en todos los casos, pedimos disculpas por anticipado si nos equivocamos en nuestras predicciones…aunque para estar seguros de eso… tendréis que esperar algún tiempo.

 
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Farmacultor/Agricéutico (Pharmer)

La crisis del ébola ha puesto de moda a la compañía biotecnológica nortemamericana Mapp, inventora de ZMapp, el fármaco en fase de investigación  que se ha probado con éxito en algunos pacientes. También ha permitido dar a conocer una tecnología que es ya una realidad en EEUU y que, más tarde que pronto, por culpa de la falta de visión de las administraciones europeas, acabará llegando a nuestro continente: el uso de biofactorías vegetales, es decir,   el cultivo de plantas en  cuyo genoma –bien por transgénesis, bien usando virus u otros vectores- incorporamos instrucciones para fabricar medicamentos. Zmapp se produce en planta de tabaco –la empresa fabricante es de hecho una filial de un gran grupo tabaquero -. Otro medicamento, éste ya aprobado en US, se fabrica en células de zanahoria y se está administrando a pacientes con enfermedad de Gaucher, una dolencia grave y poco frecuente. Este es sólo el principio. En 20 años muchos medicamentos podrían fabricarse en viveros controlados por “Farmacultores” y España, potencia agrícola europea, no debería estar al margen de esta nueva revolución verde.

Nanomédico

En la película “El viaje alucinante” un submarino y su tripulación –médico y enfermera incluidos- es reducido mediante una fantástica tecnología al tamaño de una bacteria e inoculado en el sistema circulatorio de un paciente, con la misión de viajar hasta su cerebro para encontrar y destruir el trombo que amenaza su vida. El futuro que imaginamos es ligeramente distinto: no se nos ocurre ninguna manera de encoger a un equipo médico, pero tampoco lo necesitaremos, porque submarinos –o algo parecido- del tamaño de bacterias y virus podrán hacer estos trabajos sin necesidad de tripulación. Lo que sí vamos a necesitar es profesionales médicos que entiendan las nanotecnologías y que nos ayuden a conducir estos “nanodrones” en el organismo, a marcar adecuadamente sus objetivos y a inducir el efecto deseado.

Impresor de órganos

Sigamos con literatura fantástica: Mary Shelley concibió al joven médico Víctor Frankenstein, un científico inquieto que crea un cuerpo a partir de la unión de distintas partes de cadáveres diseccionados y le infunde vida con la “magia” de la energía eléctrica, “tecnología de frontera” en la época en la que fue escrita la novela. Lo cierto es que el avance de la biotecnología –y también de los aparatos eléctricos- dejaría con la boca abierta al propio monstruo de Frankestein. El afán que mueve hoy a los investigadores en el área de la ingeniería de órganos y tejidos no es, como en el caso del personaje de Shelley , conocer “la misteriosa alma del hombre” sino reemplazar órganos dañados o ensayar la toxicidad de fármacos sin usar animales o voluntarios humanos; pero las técnicas que se emplean y algunos de sus resultados son bastante más espectaculares de lo que Shelley pudo imaginar: Células madre capaces de crecer en sobre un “molde “ de un corazón, convertirse en tejido cardíaco y empezar a latir (sin chispazo eléctrico) … vaginas construidas con diferentes capas celulares e implantadas con éxito en varias mujeres, orejas fabricadas con tecnología de impresión 3D… este no es ficción, es ciencia y en algunos años será tecnología sanitaria de uso frecuente.

Bioeconomista

Cuando la Comisión Europea habla de (y financia) bioeconomía se refiere a “una economía que utilice los recursos biológicos de la tierra y el mar, además de los residuos, como insumos para la producción de alimentos y piensos, así como para la producción industrial y energética. También abarca el uso de procesos biológicos en unas industrias sostenibles”. Se trata de avanzar progresivamente hacia un modelo menos dependiente de petróleo, carbón y gas, gracias a la biotecnología. Pero además de los biotecnólogos que diseñen y apliquen las soluciones, en este proceso –largo y complejo- jugarán un papel relevante profesionales capaces de analizar el valor de cada recurso biológico disponible (y en particular cada residuo y subproducto agrícola o ganadero) y planificar procesos de valorización económicamente rentables y escalables. La economía del petróleo es homogénea a nivel global: una refinería en Alaska es, en lo esencial, idéntica a una en Dubai… pero cuando hablamos de residuos vegetales, animales o pesqueros, en cada clima y cada época del año, cada industria debe planificar y optimizar su propio modelo y en el caso de los países mediterráneos casi todo está por hacer.

Rescatador de fármacos (drug reprofiler)

Desde hace algunas décadas, y por suerte para todos, la comercialización de nuevos fármacos exige un largo y costoso proceso de desarrollo que confirme su eficacia y seguridad. El nivel de exigencia es tan elevado que hay que quien afirma que algunos medicamentos de uso tradicional en la farmacopea, nunca hubieran superado los actuales estándares de las agencias reguladoras. En todo caso, lo que es irrefutable es que algunos de los medicamentos que, en fases iniciales de investigación, demostraron resultados más prometedores, fracasaron en su desarrollo clínico posterior. En algunos casos fallaron por su efectos adversos en una parte de los participantes en el ensayo, en otros porque el fármaco no funcionaba igual de bien para todos los pacientes. El conocimiento progresivo del genoma y de su interacción con el ambiente va a permitir entender mejor las razones por las que estos fármacos fueron abandonados y en muchos casos darles una segunda oportunidad. Empieza a haber compañías expertas en rescatarlos“ – ya libres de patente- y planificar su desarrollo para determinadas subpoblaciones en los que se demuestren seguros y eficaces. Con las técnicas similares podremos descubrir nuevas indicaciones en los fármacos ya aprobados.

Experto en Teranóstico

Muy en línea con la profesión anterior. La información biológica de la que empezamos a disponer, permitirá un desarrollo clínico más barato y eficiente de los medicamentos del futuro. De hecho, en muchas áreas –la oncología es un ejemplo- las compañías biofarmacéuticas, incentivadas por las propias agencias reguladoras, tratan de identificar, desde las fases más tempranas del descubrimiento de fármacos, marcadores que permitan seleccionar las poblaciones para las que la droga funciona y optimizar su tratamiento, de manera que los nuevos medicamentos llegarán al mercado con su propio “test” para saber en qué pacientes y cómo deben ser usados . Esta suma de terapia y diagnóstico que es también un nuevo modelo de negocio es lo que algunos llaman “teranóstico”.

Microbiomatólogo

Cada ser humano es un verdadero ecosistema. Es más, por cada célula de nuestro cuerpo, transportamos diez bacterias –en las mucosas, en el tracto intestinal, en la piel…- y sólo ahora empezamos a conocer el papel fisiológico de estos organismos, con los que convivimos en simbiosis. Recientemente hemos conocido que heredamos de nuestra familia parte de las bacterias que constituyen nuestro “microbioma” y que intercambiamos con nuestros amigos y con aquellos que establecemos contacto físico esta diversidad microbiana. Ya no hay ninguna duda de que algunas de estas bacterias amigas actúan como un segundo sistema inmune y que su contribución a procesos fisiológicos – en la digestión, por supuesto, pero también en otros muchos- puede ser clave. De los actuales “ecólogos microbianos” surgirá una nueva generación de microbiomatólogos, expertos en cuidar la flora de este jardín invisible o modificarla mediante el “transplante” de sofisticadas bacterias probióticas.

 

Foto 2Nutrigenista

Una vez superado el debate de Nature vs Nurture (naturaleza=genes vs nutrición=ambiente) que además de falaz ha resultado tremendamente improductivo para la ciencia y para la cultura, comienza a abrirse una nueva etapa en la que e prevalece la aproximación de Nature via Nurture: Intentamos entender de qué manera el ambiente (alimentación, educación, estilos y modos de vida) modifica o es modificado por lo que llevamos escrito en los genes. En este sentido, es fácil anticipar que en pocos años habrá expertos dedicados exclusivamente a sugerir estilos de vida y, en particular, dietas individualizadas, para evitar alergias e intolerancias, por supuesto, pero también para prevenir otras patologías (obesidad, riesgo cardiovascular…) o sencillamente por cuestiones estrictamente estéticas o lúdicas (la experiencia que tenemos de cada alimento depende en gran medida de nuestra capacidad para detectar aromas y sabores,) y esto también está en los genes. La industria alimentaria e incluso la restauración , como ya lo ha hecho la farmacéutica en el caso de la medicina personalizada, tendrá que acostumbrarse a este nuevo paradigma. Os imagináis a un nuevo Ferrán Adriá haciendo un test genético a sus invitados antes de servir el menú?… nosotros sí.

Diseñador de microorganismos

Durante miles de años -primero de manera intuitiva y, desde Pasteur, sabiendo más o menos lo que hacíamos- hemos seleccionado las levaduras y bacterias que mejor cumplían las funciones que les habíamos encomendado: levaduras capaces de producir mucho CO2 en la fermentación, para hacer subir el pan, o resistentes al alcohol que ellas mismas producen, para obtener vinos y cervezas de mayor graduación; bacterias lácticas que dan la acidez y aromas adecuados a nuestros quesos y yogures… Gracias a la ingeniería genética y a la biología sintética estamos empezando a dar un salto cualitativo. Estamos aprendiendo a diseñar bacterias y levaduras que fabrican plástico, o un medicamento, o un colorante. Otras que pueden incorporarse al cemento y producir un pegamento si éste se agrieta, o que se comen el chapapote, o que ayudan a extraer un mineral, o que cambian de color para advertir de la presencia de una contaminación… La lista de problemas que podemos abordar es extensa y las oportunidades para aquellos que manejen esta tecnología serán muchas en la (bio)economía del futuro.

Biólogo in silico

Dejamos para el final el espacio para los profesionales que investigan la más extraña de las formas de vida: la vida artificial… pero no nos referimos a los robots, ni a la organismos/máquina a los que llamamos cyborg -de manera primitiva, todos los que llevamos gafas o tenemos un implante dental ya lo somos-. Nos referimos a aquellos profesionales que harán realidad el sueño –cada vez más cercano- de simular situaciones biológicas en un ordenador. A día de hoy, ya somos capaces de predecir con cierto éxito la estructura de una molécula sencilla –por ejemplo un fármaco- e incluso la manera en que ésta interactúa con una proteína en nuestro organismo. Pero en una célula ocurren al mismo tiempo miles de procesos difíciles de computar, por ahora. A este campo apasionante se dedicarán algunas de las mejores mentes de las próximas décadas, y también muchos de los más potentes cerebros electrónicos.

Finalizamos este post pidiendo nuevamente disculpas por las posibles predicciones fallidas. Os recordamos que este es un ejercicio altamente especulativo y os invitamos a que hagáis vuestras propias predicciones en comentarios a este post, imaginando profesiones que están por llegar y por qué no… nuevos negocios que contribuyan a construir una economía cada vez más “Bio”. A nosotros, como a Woody Allen, nos interesa el futuro “porque es el sitio donde vamos a pasar el resto de nuestra vida”… seguro que a vosotros también.

 

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