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Medicina personalizada y cine: esperando la obra maestra

Las relaciones entre ciencia y cine existen desde que los Hermanos Lumière rodaron a los trabajadores saliendo de la fábrica. Concebido en principio como curiosidad científica, muy pronto creadores como Méliès comienza a incorporar elementos científicos y fantásticos en muchos de sus magistrales cortos: la imagen de la luna impactada en el ojo por una nave espacial con forma de obús es uno de los primeros iconos reconocibles del naciente séptimo arte.

Incluso en España, pioneros como Segismundo de Chomón sienta las bases del fantástico español con El hotel eléctrico. Lamentablemente, no contó con seguidores hasta muchos años después. En paralelo, los vertiginosos cambios en la ciencia que se experimentaron en el siglo XIX, especialmente a finales de siglo, provocaron la aparición de numerosos autores que, tanto desde el punto de vista filosófico, como el literario, comenzaron a cuestionarse los límites de la ciencia.

El monstruo de Frankenstein

El monstruo de Frankenstein (1931)

Quizá la primera fue Mary Wollstonecraft Godwin, que ha pasado a la historia como Mary Shelley y que, en Frankenstein, describe al primer e imitado mad scientist que servirá de inspiración a muchos otros escritores, como HG Wells (La isla del Doctor Moreau, 1896) o Sax Rohmer (con numerosas novelas y folletines del Dr. Fumanchú, que comenzaron a aparecer en 1912).

Otro ejemplo es el hoy casi olvidado Norbert Jacques, de cejas luciferinas, que en la misma época inventa el personaje del Dr. Mabuse, que sería adaptado en el cine hasta tres veces por Fritz Lang y, posteriormente, por otros directores.

De este modo, mientras que comienzan a adaptarse versiones edulcoradas de las vidas de grandes inventores como Pasteur (que le hizo ganar un Oscar como mejor actor a Paul Muni) o Edison (con un bonachón Spencer Tracy), una incipiente corriente muestra los peligros de la ciencia sin control y sin límites.

Todavía no se ha rodado una obra maestra sobre la medicina personalizada. Probablemente porque este tipo de medicina no se presta a ser un espectáculo, es un proceso tedioso, nada ‘cinematográfico’. Pero, sin embargo, son varias las películas que la tratan tangencialmente.

Lorenzo'o oil (1992)

Lorenzo’o oil (1992)

Si tuviera que establecer divisiones, señalaría tres grandes grupos: en el primero sitúo a las películas que cuentan historias basadas en hechos reales sobre padres que buscan tratamiento para la enfermedad rara de sus hijos; en el segundo, la ciencia ficción, probablemente el campo más fértil. Y, en tercer lugar, el terror, con muchas adaptaciones de las obras literarias que he citado y miles más.

En el primer caso hablaríamos de cintas como Medidas extraordinarias o El aceite de la vida; en el segundo Gattaca o Elysium y en el último, aunque hay cientos donde elegir, me quedo con Frankenstein o La isla del Doctor Moreau.

Medidas extraordinarias, dirigida por Tom Vaughan en 2009, cuenta la historia real del matrimonio formado por John y Aileen Crowley, a los que dan vida Brendan Fraser y Keri Russell (que tuvo su momento como protagonista de la serie de TV Felicity): él trabaja como directivo de la industria farmacéutica y, cuando dos de sus hijos son diagnosticados con enfermedad de Pompe, deja su trabajo para impulsar una empresa biotecnológica, centrada en la investigación de esta patología, también conocida como glucogenosis tipo II, una enfermedad por depósito lisosomal, y que está causada por la disfunción de la enzima maltasa ácida.

La historia vivida les animó a impulsar que se escribiera The Cure, un libro de la ganadora del Pulitzer Geeta Anand, y que consiguió tal éxito que motivó su salto a la gran pantalla. La obra tiene un subtítulo al estilo decimonónico que reza: “Cómo un padre reunió 100 millones de dólares –y dio la vuelta al establishment médico– en una búsqueda para salvar a sus hijos”.

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Medidas extraordinarias (2010)

Los Crowley buscaron la ayuda de diferentes científicos que, para abreviar, son unidos en la película en un único personaje, encarnado por un Harrison Ford en horas muy bajas. Finalmente, tras alguna investigación no del todo ortodoxa, se consigue un fármaco candidato, que acaba siendo vendido y desarrollado por un laboratorio multinacional. La película acaba siendo un melodrama que busca la lágrima, digno de ser programado en la sobremesa del fin de semana, pero es interesante por cómo explica el proceso de identificación de una molécula apta para tratarla enfermedad.

Más conocida es El aceite de la vida, escrita, dirigida y producida en 1992 por George Miller, responsable de películas tan diferentes como la saga Mad Max, Babe el cerdito valiente o las aventuras de los pingüinos de Happy Feet. Miller, que es médico (y que financió su primera cinta con las guardias en el servicio de Urgencias de un hospital de su Australia natal), cuenta la historia real del matrimonio Odone, con un reparto de lujo encabezado por Nick Nolte y Susan Sarandon.

El título original –Lorenzo’s oil– hace referencia al aceite que los Odone administran a su hijo, formado por cuatro partes de trioleato de glicerol con una parte de trierucato de glicerol y que consigue detener los síntomas de adrenoleucodistrofia que sufre. El chaval finalmente falleció en 2008, a los 30 años, cuando los pacientes de esta enfermedad suelen sufrir una muerte prematura a causa de una desmielinización intensa.

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Gattaca (1997)

En este caso nos encontramos con una cinta más sólida, en la que un matrimonio opta por convertirse en investigadores cuando la medicina les da de lado y les deja sin alternativa de tratamiento. Diferentes investigaciones publicadas en NEJM o en Journal of Molecular Neuroscience dan resultados distintos en función de los pacientes, por lo que la utilidad del aceite de Lorenzo sigue siendo discutida.

Probablemente es Gattaca la película que mejor ha captado tanto el futuro que nos espera en el campo de la medicina personalizada como los dilemas éticos que ya se están planteando.

Escrita y dirigida en 1997 por el neozelandés Andrew Niccol (responsable de otras superproducciones más flojas como El señor de la guerra, In time o The Host), nos lleva a un futuro distópico y uniformado similar al planteado por Huxley en Un mundo feliz: los niños son concebidos in vitro y mediante técnicas de selección genética.

Uno de los últimos nacidos de forma natural, interpretado por Ethan Hawke, sufre una malformación cardiaca congénita que le impide acceder a su sueño, volar al espacio.

Sin embargo, por casualidad podrá suplantar a un deportista que queda paralítico en un accidente, que encarna Jude Law. Completa el triángulo Uma Thurman, con un gran elenco de secundarios encabezado por Alan Arkin, el escritor Gore Vidal, Elias Koteas, Ernest Borgnine y Tony Shalhoub, entre otros.

De hecho, el título de la película, ganadora del Festival de Sitges, es, en sí mismo, una secuencia de ADN: Guanina, Adenina, Timina, Timina, Adenina, Citosina, Adenina. Sin apenas efectos especiales y con un diseño de producción muy limpio, Niccol va planteando las preguntas sobre lo que nos proporciona la tecnología, dejándonos responderlas, a veces con estupor, viendo las posibilidades que nos plantea. La repetitiva música de Michael Nyman corona una obra maestra que sigue sorprendiendo casi 20 años después de su concepción. Para los aficionados a las anécdotas, recordar que está producida por Danny de Vito, responsable también de otras 38 cintas, entre las que destacan Erin Brocovich, Man on the moon o Pulp Fiction.

Elysium (2013)

Elysium (2013)

Elysium, estrenada en 2013, es uno de los últimos ejemplos de ciencia ficción y medicina. Dirigida por el sudafricano Neill Blomkamp (Distrito 9), muestra las grandes diferencias que hay en la Tierra en 2159, en la que los ricos viven en una estación espacial –que da nombre a la película y que toma su nombre de los Campos Elíseos– que orbita sobre el planeta, en el que sobreviven hacinados miles de millones de personas.

Además, los ricos no tienen enfermedades, ya que disponen de tecnología curativa, algo de lo que carecen los más desfavorecidos y que provoca la trama de la historia: un exconvicto (Matt Damon) se reencuentra con una amiga (Alice Braga) que trabaja como enfermera en un hospital gratuito totalmente desbordado. Su hija tiene leucemia, lo que llevara al personaje interpretado por Damon a hacer todo lo posible para curarla en Elysium. Como es habitual, los dos malos tienen los papeles más lucidos: Jodie Foster como secretaria de defensa (y con un sospechoso parecido con cierta presidenta del Fondo Monetario Internacional), que tiene que impedir que los pobres accedan a la plataforma espacial y Sharlto Copley, actor habitual de Blomkamp, como sicario.

El regusto que deja la película es amargo: hay una medicina que cura, pero cada vez es más cara. Y, sobre todo, las diferencias entre medicina para ricos y medicina para pobres parece cada vez más grande y no hará sino aumentar.

Termino este breve repaso con un par de pinceladas. Como he comentado, Frankenstein ha sido la piedra fundacional del género de científicos que, por ambición, cruzan los límites. La adaptación que dirigió para Universal James Whale en 1933 sigue siendo canónica: la imagen de Karloff como monstruo es uno de los iconos más reconocibles de la historia del cine. Una obra maestra que aúna poesía, horror y filosofía: cómo somos, cómo nos percibe la sociedad y lo difícil que es superar los prejuicios.

Un escena de Frankenstein (1931)

Un escena de Frankenstein (1931)

Curiosamente, pese a que tanto la obra como el largometraje toman el nombre de Victor Frankenstein (interpretado por Colin Clive), nadie recuerda a otro que al monstruo. El éxito fue tal que propició cuatro años después una extraordinaria secuela, La novia de Frankenstein, encarnada por Elsa Lanchester y con protagonismo de nuevo por Karloff. Existen muchas otras versiones, para mi gusto muy muy alejadas de estas obras maestras, exceptuando la descacharrante El jovencito Frankenstein.

En medio (1933), Whale dirigió otra película extraordinaria sobre los límites de la ciencia, El hombre invisible, basada en la novela de HG Wells, con unos efectos visuales que siguen quitando el aliento.

En 1998, Bill Condon hizo un sentido homenaje a la figura de Whale en Dioses y Monstruos, una gran película que ganó el Oscar al mejor guión adaptado, basado en la novela de Christopher Bram El Padre de Frankenstein: vemos los últimos años de la vida del director (un gran Ian McKellen), cuando en 1957 vive olvidado por todos y conoce a un jardinero (el ya citado Brendan Fraser, en uno de sus pocos papeles serios), del que se enamora y al que relatará los secretos del Hollywood de los años 30.

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La isla del Dr. Moreau (1971)

Como comentaba al principio, uno de los relatos fundacionales sobre lo que no debe hacer la ciencia es La isla del Dr Moreau, de HG Wells. El autor de La guerra de los mundos, fue un visionario que tuvo claro que la ciencia podría ser capaz de crear quimeras que unieran genes humanos y animales y sitúa a un náufrago en esa isla de pesadilla en la que estos monstruos de laboratorio se preparan para atacar a su creador.

Hasta seis veces se ha llevado al cine, en general con resultados discretos: ya en 1911 hay una adaptación muda y 22 años después llegó a las pantallas quizá la mejor, con Charles Laughton y Bela Lugosi, con el nombre de La isla de las almas perdidas. Posteriormente hay películas de 1959, 1972, 1977 (con Burt Lancaster y Michael York) y la última y lamentable de 1996, dirigida por John Frankenheimer, con un Marlon Brando totalmente a la deriva y merecedor del premio Razzie de aquel año.

¿Veremos la gran película sobre la medicina personalizada? Sinceramente, no lo creo. La ciencia ha cambiado mucho y se produce en pequeños pasos y no en grandes hallazgos como la vacuna de la rabia, la bombilla o la penicilina. El big data o la biología molecular no parecen, a priori, disciplinas muy cinematográficas. Pero sí estoy seguro que muchos de los avances científicos que estamos viviendo tendrán repercusión en las películas que veremos en las próximas décadas. Por lo pronto, yo quiero ver cómo se erradica el polio, el sarampión, la tuberculosis, el pián, la ceguera de los ríos… y estoy seguro que seremos testigos de ello.

 

[Esta entrada se ha publicado conjuntamente en el blog Ojo a la cartelera.]

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8 thoughts on “Medicina personalizada y cine: esperando la obra maestra

  1. Muy interesante

    Una pequeña puntualización. Yo a Pasteur no lo calificaría como “inventor” (es cierto que inventó la pasteurización y algunas técnicas de inmunización) sino como científico. De hecho, la película protagonizada por Muni se centra mucho más en su lucha contra los microorganismos, la inmunización del carbunco y por supuesto el desarrollo de la vacuna antirrábica. Pero no trata para nada las técnicas de pasteurización, su trabajo con los gusanos de seda, la cerveza o el vino y por supuesto, sus experimentos sobre la generación espontánea.

    Saludos

  2. Genial artículo y gran clasificación. Pero como la cabra tira al monte, no puedo resistirme a mencionar un subgénero que (afortunadamente) has dejado de lado: el del documental FUD (Fear-Uncertainty-Doubt) que tan de moda está en nuestros días, fundamentalmente por culpa de la distribución en Youtube, con engendros del tipo “Vaccine Nation” o “The Greater Good”… Un abrazo, y fuerza al blog.

  3. Sólo un breve añadido al final de su interesante y divertido artículo: yo también tengo la esperanza de que seamos testigos de ello.

  4. Javier, leo tu artículo desde el metro de Tokyo, donde esto representando a España en BioJapan, brillante, riguroso, hecho con cariño…muchas gracias por alegrarme la mañana!

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